El dinero no es malo

El dinero, por supuesto, es una invención humana, y como sucede con tantos otros inventos, por sí solo no es ni bueno ni malo.

En realidad, no es más que un medio para efectuar transacciones, así que cuando se emplea adecuadamente, cumple una buena función.


La Biblia, por ejemplo, reconoce que “el dinero es para una protección”, sobre todo contra los problemas relacionados con la pobreza. Se diría que “el dinero es la respuesta para todo”, o al menos así lo ven algunas personas.

Las Escrituras condenan la pereza e incentivan el trabajo duro. Debemos mantener a nuestra familia inmediata, y si nos sobra un poco, contaremos con “algo que distribuir a alguien que tenga necesidad”. Por otro lado, en lugar de recomendar una vida de privaciones, la Biblia anima a todos a gozar de sus bienes, sí, a “llevarse su porción” y disfrutar del fruto de su trabajo. De hecho, las Escrituras contienen ejemplos de hombres y mujeres fieles que fueron ricos.

Peligros de la prosperidad

El peligro más grave es hacerse amante del dinero y de lo que este puede adquirir. Las riquezas despiertan en algunos un apetito insaciable. Observando esa tendencia, Salomón escribió al principio de su reinado: “Un simple amador de la plata no estará satisfecho con plata, ni ningún amador de la riqueza con los ingresos. Esto también es vanidad”. Posteriormente, tanto Jesús como el apóstol Pablo pusieron a los cristianos en guardia contra este amor engañoso.

Cuando el dinero se convierte en objeto de nuestro amor y no en un simple medio para lograr nuestros fines, quedamos expuestos a todo tipo de tentaciones, como la mentira, el robo y la traición. Judas Iscariote, uno de los apóstoles de Cristo, traicionó a su Maestro por 30 miserables piezas de plata. Algunos llegan al extremo de dar culto al dinero en vez de a Dios. Por eso, el cristiano debe analizar siempre con honradez el verdadero motivo por el que desea ganar más dinero.

El afán de riquezas entraña otros peligros más sutiles. En primer lugar, la opulencia favorece la confianza en uno mismo.

Jesús apuntó a este peligro cuando habló del “poder engañoso de las riquezas”. Del mismo modo, el escritor bíblico Santiago aconsejó a los cristianos que no se olvidaran de Dios ni siquiera al hacer sus planes de negocios.

Puesto que parece que el dinero nos transmite cierta sensación de independencia, quienes lo tienen se enfrentan constantemente al peligro de confiar en él y no en Dios.

En segundo lugar, la búsqueda de riquezas suele absorber tanto tiempo y energías que lentamente aleja a la persona de los intereses espirituales. Los acaudalados se enfrentan también a la constante tentación de usar sus bienes ante todo para su propio placer o para alcanzar metas egoístas.

Qué pudiéramos decir de la ruina espiritual de Salomón? ¿Se debió, hasta cierto punto, a que permitió que el lujo le embotara los sentidos?.
Aunque sabía que Dios prohibía expresamente formar alianzas matrimoniales con las naciones extranjeras, terminó reuniendo un harén de un millar de mujeres. En su afán por complacer a sus esposas extranjeras, intentó formar una especie de culto interconfesional para beneficio de ellas. Como vimos, su corazón se fue alejando de Dios.

El ejemplo anterior muestra lo acertado que es el consejo de Jesús: “No pueden ustedes servir como esclavos a Dios y a las Riquezas”.

Entonces, ¿cómo puede el cristiano hacer frente a las dificultades económicas que atraviesa la mayoría de la gente?

Y lo que es más importante, ¿qué esperanza hay de gozar de una vida mejor en el futuro?